Entradas populares

jueves, 20 de noviembre de 2025

Evangelio del día


 

Lectura del primer libro de los Macabeos 

1 Macabeos 2:15-29

En aquellos días, los enviados del rey Antíoco, encargados de hacer apostatar a los israelitas, llegaron a la ciudad de Modín para obligarlos a sacrificar a los ídolos. Muchos israelitas se les sometieron; en cambio, Matatías y sus hijos se les opusieron tenazmente.

Los enviados del rey se dirigieron entonces a Matatías y le dijeron: “Tú eres un hombre ilustre y poderoso en esta ciudad y cuentas con el apoyo de tus hijos y de tus hermanos. Acércate, pues, tú primero y cumple la orden del rey, como la han cumplido todas las naciones, los hombres de Judea y los que han quedado en Jerusalén. Así, tú y tus hijos serán contados entre los amigos del rey y serán recompensados con oro, plata y muchos regalos”.

Matatías les contestó con voz firme: “Aunque todas las naciones que forman los dominios del rey obedezcan sus órdenes y apostaten de la religión de sus padres, mis hijos, mis hermanos y yo nos mantendremos fieles a la alianza de nuestros padres. ¡Dios nos libre de abandonar nuestra ley y nuestras costumbres! No obedeceremos las órdenes del rey ni ofreceremos sacrificios a los ídolos, porque así quebrantaríamos los mandamientos de nuestra ley y seguiríamos un camino equivocado”.

Apenas había acabado de hablar Matatías, un judío se adelantó, a la vista de todos, para ofrecer sacrificios a los ídolos en el altar, conforme al decreto del rey. Al verlo, Matatías se indignó, tembló de cólera y en un arrebato de ira santa, corrió hasta el judío y lo degolló sobre el altar. Mató, además, al enviado del rey, que obligaba a hacer sacrificios, y destruyó el altar. En su celo por la ley, imitó lo que hizo Pinjás contra Zimrí, el hijo de Salú.

Luego empezó a gritar por la ciudad: “Todo aquel que sienta celo por la ley y quiera mantener la alianza, que me siga”. Y, dejando en la ciudad cuanto poseían, huyeron él y sus hijos a las montañas.

Por entonces, muchos judíos que buscaban la justicia y querían ser fieles a la ley, se fueron a vivir al desierto.

Evangelio del Día

Lectura del santo evangelio según san Lucas 

Lucas 19, 41-44

En aquel tiempo, cuando Jesús estuvo cerca de Jerusalén y contempló la ciudad, lloró por ella y exclamó:

“¡Si en este día comprendieras tú lo que puede conducirte a la paz! Pero eso está oculto a tus ojos. Ya vendrán días en que tus enemigos te rodearán de trincheras, te sitiarán y te atacarán por todas partes y te arrasarán. Matarán a todos tus habitantes y no dejarán en ti piedra sobre piedra, porque no aprovechaste la oportunidad que Dios te daba”.

Las palabras de los Papas

Pero «también hoy Jesús llora, porque nosotros hemos preferido el camino de las guerras, la senda del odio, la senda de las enemistades». Todo esto se comprende aún más ahora que «estamos cerca de la Navidad: habrá luces, habrá fiesta, árboles luminosos, también pesebres... todo apariencia: el mundo sigue declarando la guerra, declarando la guerra. El mundo no ha comprendido la senda de la paz». (…) «¿qué queda de una guerra, de esta que estamos viviendo ahora?». Quedan «ruinas, miles de niños sin educación, tantos muertos inocentes: ¡muchos!». Y «mucho dinero en los bolsillos de los traficantes de armas». «Una vez Jesús dijo: “No se puede servir a dos señores: o Dios o las riquezas”». Y «la guerra es precisamente optar por las riquezas: “Fabricamos armas, así la economía se equilibra un poco, y seguimos adelante con nuestros intereses”». Al respecto, «hay una palabra fea del Señor: “¡Malditos!”», porque «Él dijo: “¡Benditos los constructores de paz!”». Por lo tanto, los «que causan la guerra, que provocan las guerras, son malditos, son delincuentes». Una guerra, «se puede justificar —entre comillas— con muchas, muchas razones. Pero cuando todo el mundo, como sucede hoy, está en guerra —¡todo el mundo! — es una guerra mundial por fascículos: aquí, allí, allá, por todos lados». Y «no hay justificación. Y Dios llora. Jesús llora». (Papa Francisco, Homilía Santa Marta 19 de noviembre de 2015)






Reflexión sobre el cuadro

Se ha dicho que amar a alguien es arriesgarse a que te rompan el corazón. 
O decimos cosas del estilo de "El amor siempre cuesta algo; si no te cuesta
nada, no es amor". O CS Lewis escribió: "Amar es ser vulnerable". O Eurípides
 dijo: "Cuanto mayor es el amor, mayor es la pena cuando se pierde". Es cierto, cuando amamos, podemos salir heridos. Cuando los que amamos sufren o
 mueren, nuestro corazón se rompe, y nuestras lágrimas se convierten en el
signo visible de esa ruptura. En el Evangelio de hoy, vemos a Jesús llorando
 sobre la ciudad de Jerusalén. Sus lágrimas no son de frustración o ira, sino
de amor; el amor de quien anhela que su pueblo encuentre la paz. Sólo
deseaba lo mejor para ellos, como hace siempre el verdadero amor. Sin
embargo, previó que rechazarían su mensaje. Su negativa a escuchar la
voz de Dios hablada a través de él, conduciría finalmente a la destrucción
y al dolor.

El Señor sigue llorando hoy. Llora cada vez que aquellos a quienes ama
(¡que son todos!) se apartan del camino que conduce a la paz. Su amor
es constante, pero nunca forzará nuestros corazones. Lo único que puede
hacer es llorar cuando rechazamos la gracia que nos ofrece. Y, sin embargo,
igual que llora por nuestra compasión, también se alegra por nuestra bondad.
Cada vez que nos afligimos por el dolor de nuestro mundo -por la violencia, la injusticia o el odio- es el propio corazón de Cristo el que se mueve dentro de nosotros. Pero siempre que llevamos luz donde hay tinieblas, misericordia
donde hay amargura y amor donde hay miedo, el Señor se alegra en nosotros. Porque entonces, si estamos cerca de Dios, nuestro corazón se mueve y
late como se mueve y late el corazón de Dios.


El lienzo de hoy es enorme. Esta obra monumental Flevit super illam, 1892,
mide 304 × 555 cm. El artista Enrique Simonet sitúa a Cristo en el Monte
de los Olivos, contemplando Jerusalén desde el otro lado del valle y llorando
sobre la ciudad con dolor y compasión. A sus espaldas, el Templo se yergue tenuemente en el crepúsculo, discípulos y curiosos le rodean, y el cielo,
de suave luminosidad, refleja la destrucción que predice. El pintor español
Enrique Simonet Lombardo nació en Valencia, se formó inicialmente en
estudios eclesiásticos antes de dedicarse al arte; estudió en la Real
Academia de Bellas Artes de San Carlos y más tarde en Roma, viajó a
Tierra Santa para documentar paisajes bíblicos y alcanzó fama
internacional por sus magistrales lienzos realistas.

by Padre Patrick van der Vorst


Oración
(para que Jesús no llore por mí)

Aquí estoy, Señor, delante de ti,

con mi presente y con mi pasado a cuestas;

con lo que he sido y con lo que soy ahora;

con todas mis capacidades y todas mis limitaciones;

con todas mis fortalezas y todas mis debilidades.


Te doy gracias por el amor con el que me has amado,

y por el amor con el que me amas ahora, a pesar de mis fallas.

Sé bien, Señor, que por muy cerca que crea estar de Ti,

por muy bueno que me juzgue a mí mismo,

tengo mucho que cambiar en mi vida,

mucho de qué convertirme,

para ser lo que Tú quieres que yo sea,

lo que pensaste para mí cuando me creaste.

Ilumina, Señor, mi entendimiento y mi corazón,

con la luz de tu Verdad y de tu Amor,

para que yo me haga cada día más sensible al mal que hay en mí,


y que se esconde de mil maneras distintas, para que no lo descubra.

Sensible a la injusticia que me aleja de Ti y de tu bondad

para con todos los hombres y mujeres del mundo.

Sensible a los odios y rencores

que me separan de aquellos a quienes debería amar y servir.

Sensible a la mentira, a la hipocresía, a la envidia, al orgullo,

a la idolatría, a la impureza, a la desconfianza,

para que pueda rechazarlos con todas mis fuerzas

y sacarlos de mi vida y de mi obrar.

Ilumina, Señor, mi entendimiento y mi corazón,

con la luz de tu Verdad y de tu Amor,


para que yo me haga cada día más sensible a la bondad de tus palabras,

a la belleza y la profundidad de tu mensaje,

a la generosidad de tu entrega por mi salvación.

Ilumina, Señor, mi entendimiento y mi corazón,

para que yo sepa ver en cada instante de mi vida,

lo que Tú quieres que yo piense,

lo que Tú quieres que yo diga,

lo que Tú quieres que yo haga;

el camino por donde Tú quieres llevarme, para que yo sea salvo.

Ilumina, Señor, mi entendimiento y mi corazón,

para que yo crea de verdad en el Evangelio, la Buena Noticia de tu salvación,


y para que dejándome llevar por Ti, trabaje cada día con mayor decisión,

para hacerlo realidad activa y operante en mi vida personal y en la vida del mundo

Ilumina, Señor, mi entendimiento y mi corazón,

para que yo me haga cada día más sencillo,

más sincero, más justo, más servicial,

más amable en mis palabras y en mis acciones.

Ilumina, Señor, mi entendimiento y mi corazón,

para que Tú seas cada día con más fuerza,

el dueño de mis pensamientos, de mis palabras y de mis actos;

para que todo en mi vida gire en torno a Ti;


para que todo en mi vida sea reflejo de tu amor infinito,

de tu bondad infinita,

de tu misericordia y tu compasión.

Perdona Señor, mi pasado.

El mal que hice y el bien que dejé de hacer.

Y ayúdame a ser desde hoy una persona distinta,

una persona totalmente renovada por tu amor;

una persona cada día más comprometida Contigo

y con tu Buena Noticia de amor y de salvación.

Dame, Señor, la gracia de la conversión sincera y constante.

Dame, Señor, la gracia de mantenerme unido a Ti siempre,

hasta el último instante de mi vida en el mundo,

para luego resucitar Contigo a la Vida eterna. Amén.

(lucesparaelcamino)


No hay comentarios:

Publicar un comentario