
“Eso es meterse en política” dicen algunos cuando, desde la Iglesia, se invita a los laicos a participar en la vida pública. La frase aparece con rapidez, es casi instintiva: mejor no hablar de esos temas, mejor no involucrarse, mejor dejar la fe en el ámbito privado.
Pero la Doctrina Social de la Iglesia responde algo muy distinto. No se trata de partidizar la fe, ni de convertir a la Iglesia en una plataforma electoral, ni tampoco se trata de imponer creencias en la vida pública. Se trata de algo más profundo y exigente: llevar la fe a las calles, allí donde se juega la dignidad de las personas, la justicia, la paz, la verdad y el bien común.
Con esa convicción, la Arquidiócesis de Guadalajara, a través de la Dimensión de Participación Ciudadana (DIPACI), prepara el Encuentro Diocesano de Participación Ciudadana, que se realizará los días 1 y 2 de agosto en las instalaciones de la Universidad del Valle de Atemajac.
El lema elegido resume bien el espíritu de la convocatoria “De la fe a la acción”. Una fe que no se encierra, una acción que no nace de la ideología sino del Evangelio.
La misión pública de los laicos
La participación ciudadana suele despertar preguntas entre los creyentes. ¿Debe un católico involucrarse en la vida pública? ¿No basta con rezar, vivir honestamente y cumplir los propios deberes? ¿No es peligroso mezclar la fe con los asuntos políticos?
La Iglesia ha respondido con claridad desde el Concilio Vaticano II: los fieles laicos tienen una misión propia en el mundo. Su campo de acción no es solo la sacristía, sino la familia, la escuela, la empresa, la universidad, la cultura, la economía, los barrios, las instituciones y todos aquellos espacios donde se construye -o se destruye- la vida común.
San Juan Pablo II lo expresó con fuerza en la Christifideles laici al recordar que los laicos no pueden abdicar de su participación en la política, entendida esta no solo como una actividad partidista, sino como acción amplia y multiforme al servicio del bien común.
En otras palabras, el laico no abandona su fe cuando entra en la plaza pública. Al contrario: está llamado a encarnarla allí con responsabilidad, prudencia, valentía y caridad.

No partidismo, sí bien común
La confusión aparece cuando se reduce la palabra “política” a campañas, partidos, candidaturas o elecciones. Eso forma parte de la vida democrática, pero no agota el compromiso ciudadano.
Para la Iglesia, la participación tiene un horizonte más amplio: trabajar por condiciones sociales más humanas, defender la dignidad de toda persona, promover la justicia, cuidar a los más vulnerables, fortalecer la familia, educar en la verdad, exigir honestidad, crear comunidad y procurar que las instituciones sirvan realmente a las personas.
Por eso, la Doctrina Social de la Iglesia no llama a los laicos a convertirse en operadores partidistas. Los llama a ser ciudadanos formados, libres, responsables y comprometidos. Un católico puede tener distintas opciones prudenciales en el campo político, pero no puede vivir indiferente ante aquello que hiere la dignidad humana o debilita el bien común.
Participar, visto desde la fe, no nace del afán de poder, sino todo lo contrario, de la caridad y el ánimo de servir a los demás.
Un país que quiere participar

Con todo, participar no puede reducirse a depositar una boleta cada cierto tiempo. La Encuesta Nacional de Cultura Cívica 2020 mostró que 88.7% de la población de 15 años y más, considera necesario un gobierno donde todos participen en la toma de decisiones. Pero también reveló que solo 22.1% de la población de 18 años y más, había realizado actividades relacionadas con asuntos públicos en los últimos 12 meses.
La lectura es clara: muchos valoran la participación, pero pocos la ejercen como un derecho de manera constante.
Ahí se abre un campo enorme para los laicos. Entre una elección y otra, hay barrios que organizar, jóvenes que formar, familias que acompañar, heridas sociales que atender, autoridades que interpelar, causas justas que sostener y comunidades que necesitan esperanza.
Guadalajara convoca a la “Fe y Acción”
En este contexto, el Encuentro Diocesano de Participación Ciudadana busca promover una conciencia más participativa entre los laicos de la Arquidiócesis de Guadalajara, para que asuman un compromiso más profundo en la transformación de las realidades temporales.
La intención no es realizar un evento aislado, sino impulsar un “proceso sistemático, orgánico y permanente de participación entre los seglares” incrustados en sus comunidades parroquiales con los COPACI (Consejos de Participación Ciudadana).
El Encuentro contará con el apoyo y la bendición del cardenal José Francisco Robles Ortega, arzobispo de Guadalajara, y reunirá a especialistas en Doctrina Social de la Iglesia, liderazgo católico y participación ciudadana.
Entre los ponentes principales estarán el Dr. Rodrigo Guerra López, secretario de la Pontificia Comisión para América Latina; la Mtra. Lara Bersano Calot, directora de la Academia Internacional de Líderes Católicos; y el analista político y periodista Enrique Toussaint Orendain, quien ofrecerá una mirada sobre algunos de los principales desafíos que enfrentan Jalisco y México.
Además de las conferencias magistrales, habrá paneles de trabajo con expertos en participación ciudadana, representantes de distintas fundaciones, sacerdotes, miembros de la vida política y empresarial del estado de Jalisco. La riqueza del programa está en que no se queda en la reflexión abstracta, sino que busca mostrar experiencias concretas de construcción del bien común desde el magisterio social de la Iglesia.
Pasar de la queja al compromiso
Uno de los aspectos más significativos del encuentro será su dinámica participativa. Los asistentes podrán realizar aportaciones para redactar una propuesta final que sirva como guía e inspiración para la Iglesia Diocesana y para todos los católicos que ya viven la participación y el compromiso social.
La Dimensión de Participación Ciudadana, en comunión con la etapa sectorial del proceso diocesano, buscará dar cauce a las iniciativas que surjan del encuentro y traducirlas en acciones concretas para las comunidades parroquiales.
Porque una parroquia no puede ser una isla separada de los dolores, preguntas y desafíos de su entorno. Una comunidad cristiana viva no solo celebra la fe; también aprende a mirar el barrio, escuchar sus necesidades, formar ciudadanos y acompañar procesos de transformación.
El Evangelio no es indiferente a la inseguridad, la corrupción, la pobreza, la violencia, la polarización, la soledad de los jóvenes o la fragilidad de las familias. Allí donde hay una herida humana, también hay una pregunta dirigida a la conciencia cristiana.
Mónica Alcalá, Aleteia
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