
Nuestro Señor Jesucristo, San Dimas (el Buen Ladrón) y Gestas, en una imagen de la Hermandad de la Carretería de Sevilla.
Si el Reino de los Cielos esta dentro de nosotros, si el TODO está dentro de nosotros, no busques fuera lo que habita en tu corazón. La cruz, pues, no es principalmente lo que te sucede externamente; eres tú, tal como has sido herido y llamado a ser amado por Dios.
Cuidemos un matiz teológico: la cruz incluye sufrimientos externos, pero éstos sólo se convierten en "tu cruz" cuando atraviesan tu persona. Cuando se convierten en un acontecimiento en tí. Voy a explicarlo con las Escrituras.
Hay una frase del Evangelio que todos creemos entender. Y quizá sea una de las que peor entendemos. «El que quiera seguirme, que cargue con su cruz cada día.» En cuanto la escuchamos, pensamos en enfermedades, en problemas económicos, en un matrimonio difícil. En un hijo que sufre. En una guerra. En una injusticia criminal.
Todo eso puede ser cruz. Pero sólo cuando pasa por ti.
Porque la cruz, repito, nunca es simplemente un acontecimiento exterior más o menos dramático. La cruz siempre es alguien. Es Alguien.
La cruz eres tú. Es Cristo que vive en tí.
Éste es el gran secreto que pasamos la vida intentando no descubrir. Nos resulta mucho más cómodo soportar un cáncer que soportarnos a nosotros mismos. Es más fácil luchar contra una enfermedad que aceptar el carácter imposible de un colega. Más sencillo es afrontar una ruina económica que convivir con nuestro orgullo. Más llevadero un lejano enemigo exterior que ese desconocido que nos mira cada mañana desde el espejo con un reproche nuevo.
No existe ninguna cruz que no sea acontecimiento personal, íntimo; un encuentro que no deseamos, que ni siquiera esperamos. Pero que es EL ACONTECIMIENTO DEFINITIVO.
La enfermedad de tu madre sólo se convierte en cruz cuando atraviesa tu corazón. La muerte de un hijo sólo es cruz porque rompe tu alma. La guerra sólo es cruz porque hiere y mata a personas concretas. El terremoto sólo es cruz porque sepulta vidas concretas. Siempre termina pasando en alguien. Siempre termina pasando en ti.
Por eso Cristo no dice: «Busca una cruz.» Dice algo infinitamente más desconcertante: «Toma la tuya.» Y ya la tienes. Naciste con ella. (Desde Adán y Eva, ellos también, por eso son santos). Tu cruz tiene tu nombre. Tu historia. Tu temperamento. Tus heridas. Tu oprobio y tu vergüenza. Tus recuerdos. Tus pecados, todos. Tus miedos. Tu orgullo. Tu impaciencia. Tu necesidad desesperada de que el mundo sea distinto... para no tener que cambiar tú. Y esta cruz suele parecernos insoportable. Porque nadie se cansa tanto de nosotros como nosotros mismos.
San Agustín escribió una de las confesiones más profundas de la historia cuando reconocía que se había convertido en un problema para sí mismo: no hay cárcel más estrecha que el propio ego. Y, sin embargo, dedicamos media vida intentando escapar de esa cruz. Hoy, hay quien pretende cambiarle la forma cambiando de sexo, convencido de que el problema habita en la biología y no en esa inquietud mucho más profunda que llevamos dentro.
El demonio tiene una estrategia mucho más sutil de lo que imaginamos. No necesita empujarnos hacia grandes pecados. Le basta con mantenernos permanentemente distraídos de nosotros mismos. Haciéndonos creer que nuestra misión consiste en buscar cruces cada vez más heroicas y, sobre todo, más admirables. Mientras tanto, despreciamos la única que Dios nos ha entregado desde el primer día: tú. Tu eres tu cruz. Punto.
Y el primer paso para seguir a Cristo quizá no sea hacer cosas extraordinarias: dar un vaso de agua, sonreír, escuchar, callar. Quizá sea aceptar, con humilde gratitud, la extraordinaria persona imperfecta que Dios decidió crear y que salvó viviendo en tí, como dice San Pablo. Nunca hay cruces vacías de crucificados porque cada ser humano sobre la tierra es una cruz, única, redentora, finita y terrible tanto como infinita y amable. Amén.
Francisco Segarra, ReL
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