El padre Erik Pintar se acaba de ordenar en la Diócesis de Pittsburgh, Filadelfia (EE.UU).

En el otoño de 2019, Erik tomó una decisión que sorprendió a quienes lo conocían.
La trayectoria del padre Erik Pintar (1993), ordenado hace unos días en la Diócesis de Pittsburgh, Filadelfia (EE.UU), podría confundirse con la de cualquier joven brillante destinado a triunfar en el mundo tecnológico.
Graduado en la escuela secundaria Wauwatosa East, en Wisconsin (EE.UU), pronto destacó por su talento académico y su curiosidad intelectual.
Esa inquietud lo llevó a matricularse en la Universidad Carnegie Mellon, una de las instituciones más prestigiosas del mundo en ingeniería y ciencias de la computación.
Fuera algoritmos
Allí obtuvo una licenciatura en Ingeniería Eléctrica e Informática, con una especialización en Interacción Humano‑Computadora y una subespecialización en Ciencias de la Computación.
Su futuro parecía escrito: un camino ascendente en el sector tecnológico. De hecho, Erik llegó a trabajar para Google, una meta que muchos jóvenes ingenieros sueñan alcanzar.
Sin embargo, en medio de ese éxito profesional, comenzó a crecer en él una inquietud distinta, más profunda, que no tenía que ver con algoritmos ni sistemas informáticos, sino con el sentido de su vida y su relación con Dios.
En el otoño de 2019, Erik tomó una decisión que sorprendió a quienes lo conocían: fue aceptado en el programa de formación sacerdotal y comenzó sus estudios en el Seminario de San Pablo y la Universidad Franciscana de Steubenville.
Tras dos años de formación preteológica, fue enviado al Seminario de San Vicente, en Latrobe (Pensilvania), para iniciar los estudios teológicos.
Su proceso formativo siguió el ritmo habitual de la Iglesia: estudio, vida comunitaria, oración y acompañamiento pastoral. Tras completar su segundo año de teología, Erik fue asignado a la Parroquia de la Divina Gracia, en las localidades de Cranberry, Ellwood City y Zelienople, donde vivió su año pastoral. Allí pudo experimentar de primera mano la vida parroquial, el contacto con las familias, la catequesis, la liturgia y el acompañamiento espiritual.
En agosto de 2024 regresó al Seminario de San Vicente para iniciar su tercer año de teología. Su maduración espiritual y humana culminó el 7 de junio de 2025, cuando fue ordenado diácono y asignado nuevamente a la Parroquia de la Divina Gracia. Como diácono, comenzó a predicar, asistir en la liturgia y servir en tareas pastorales, profundizando en su vocación de entrega.
Ese mismo otoño volvió al seminario para iniciar su cuarto y último año de estudios teológicos, etapa final antes de la ordenación sacerdotal. Su recorrido, que comenzó entre laboratorios, códigos y proyectos tecnológicos, se ha transformado en un camino de servicio, escucha y fe.
Su vida muestra que la vocación no siempre nace en el silencio de un monasterio, sino también en el corazón de quienes, como él, descubren que la verdadera plenitud no está en el éxito profesional, sino en responder a una llamada interior.
ReL
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