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lunes, 10 de julio de 2023

Padres, hijos y móviles: ¿prohibirlos, poner medidas, libertad total? ¿Qué hacer? Hablan 6 familias

Los niños acceden a su primer móvil a los 12 años de media, una edad muy relacionada con la de acceso a la pornografía, 11 años. ¿Qué medidas poner al respecto? 

¿Qué padres dejarían que entrase en casa un desconocido con sus hijos? A simple vista, la respuesta podría parecer evidente. Pero para Kristjana Underhill, madre de seis hijos de Connecticut (Estados Unidos), le sorprendió que en realidad son hoy muchos, incluso ella, los que de hecho lo han permitido sin saberlo. La cuestión es que la vía de entrada para estos desconocidos y otros peligros ya no es la puerta del hogar, sino el teléfono móvil.Underhill es solo una de las seis familias que han sido recientemente entrevistadas por la colaboradora de National Catholic Register, Elizabeth Hansen, en torno a una situación tan relevante como polémica y con muchos puntos de vista como es el acceso de los hijos a los teléfonos móviles.

¿En qué momento se les debe dar uno de estos dispositivos? ¿Deben ser de última generación o  mejor los conocidos como "teléfonos tontos"? ¿Debe haber reglas o prima la autorrealización de los propios hijos al respecto? ¿Pesan más los peligros del acceso libre al móvil y las redes o la marginación de los hijos en la escuela, parroquias y grupos de amigos?

Padres y colegios, un trabajo conjunto

A todas estas preguntas comienza respondiendo Kristjana Underhill. En su caso, quedó "impactada" cuando un conferenciante le expuso la pregunta del comienzo de este artículo. Tanto que motivó que los Underhill aplicasen una primera norma entre sus hijos: ninguno tendría teléfono hasta la educación secundaria, y desde entonces, tendrían la opción de tener un teléfono tonto (o dumb phone) o uno sin acceso a internet.

Hasta ahora, dos de sus tres hijos adolescentes han seguido ese camino y solo usan sus móviles para llamar y escribir sms.

La medida aplicada en casa es la base al complemento de la escuela a la que van sus hijos, católica y que prohíbe como principio básico el uso del teléfono en el horario escolar. Algo que a juicio de los Underhill "funciona" y evita las presiones a las que se someten entre sí alumnos de otras escuelas.

Cada vez más padres son conscientes de los daños que el uso desmedido de las tecnologías producen en sus hijos. Según los datos del Pew Research rescatados por la periodista, en Estados Unidos el 95% de los adolescentes tenían un teléfono propio en 2022, mismo porcentaje que los jóvenes españoles de 15 años, según el Instituto Nacional de Estadística. El 25% de los menores de 12 años dispone de uno, explica también el Barómetro de las Familias de Family Watch 2023.

Un niño con un móvil.

En España, la media de acceso al teléfono móvil según el XII Barómetro de la Familia de Family Watch son los 12 años, muy cercana a los 11 años de media de acceso a la pornografía, según el psicólogo especializado Alejandro Villena Moya (foto de Unsplash / Charles Deluvio). 

Según el mismo informe, el 14% de los españoles considera que las instituciones educativas son las principales responsables de reducir el impacto de las redes sociales en sus hijos. Muestra de la creciente toma de partido por parte de los padres en este aspecto es la reciente demanda de 1.000 familias de colegios de Fomento para que se reduzca la exposición a las pantallas.

Teléfonos tontos, móviles que duermen y controles parentales

Lo que también es evidente es que la tendencia actual parece llevar irremediablemente al uso de móviles y dispositivos para poder desarrollar actividades tan elementales como las extraescolares o deportivas.

Es el caso de la familia Demko, de Michigan. Como expone Laura, madre de seis hijos, tomó la decisión cuando se perdió una competición de su hijo por no poder contactar. Eso sí, tomando medidas: el teléfono se suele quedar en casa, no tiene aplicaciones, solo envía mensajes a sus padres, se lleva al colegio cuando tiene deporte  y pasa la noche en la cocina. En España, el 62% de los menores no tiene impuesta ninguna limitación de las horas frente al teléfono por ninguno de sus padres.

Los Demko también han adoptado un teléfono restringido. "Es básicamente un iPhone que funciona como un teléfono tonto. Hasta ahora, va bien y ha sido una herramienta útil", explica.

Niña con un móvil.

La mayoría de familias entrevistadas coinciden en apelar a la responsabilidad y la comunicación con los menores sobre el uso de móviles y tecnologías, pero también en la necesidad de normas y límites (foto de Unsplash / Pan Xiaozhen). 

Kathy Bielcki , de Michigan, ha establecido medidas similares para su hija de 16 años. Con 14 años le dieron un teléfono básico, que cambiaron posteriormente a uno inteligente por condicionantes laborales y educativas: sus aplicaciones se limitan a una para hacer ejercicioSpotify para la música… y poco más. Amén de otras medidas como controles parentales y "cortafuegos" o que el teléfono se quede en la cocina de noche, como los Demko.

"Ella entiende que el teléfono es nuestro y reviso sus mensajes periódicamente", admite Bielecki. 

Un dilema con variables: ¿Necesidad vital, moda o peligro?

La "otra cara de la moneda" la expone Nicki Storm, de Minnesota, quien considera que "los teléfonos pueden ser buenos" y que impedir el acceso por completo a sus hijos implica "dejarles fuera", así como -en su caso particular- desatender las necesidades de su hija diabética de quinto grado -10 años-, que "no podría usar su monitor de glucosa o su bomba de insulina sin su teléfono". En el caso de su hijo, lo necesita por política escolar, por lo que sus padres oscilan entre el dilema de proteger a sus hijos de los peligros y no dificultar una educación cada vez más digitalizada. Eso sí, Tik Tok o Snapchat están prohibidos. 

La familia Kimball, de Michigan, con cuatro hijos, es partidaria de educarles en la responsabilidad. No restringen el uso de móviles o redes a sus hijos -la madre, Katie, dice que quiere "jóvenes independientes y autodisciplinados"- pero tienen una serie de normas de uso, además de potenciar el valorar "a las personas por encima de las pantallas".

Entre ellas, destacan: Si descargan cualquier aplicación de redes sociales sin permiso, perderá su teléfono durante bastante tiempo, los niños saben que sus padres pueden revisar el móvil en cualquier momento y, de nuevo, ningún teléfono se queda en las habitaciones durante la noche.

"Ciberética": la necesidad de normas y consecuencias

"Tiene que quedar muy claro para los niños que los padres los ayudarán a desarrollar ese autocontrol. Y a veces eso puede significar promulgar una consecuencia y eliminar la tentación", explica Katie Kimball.

En el caso de Jennifer Frey, es más favorable a que sus hijos usen redes sociales, pues la restricción "no funcionó" en sus hijos, que se perdían planes y se "aislaban". Pero también ha puesto medidas: solo los mayores (de casi 16 y 17) tienen redes y teléfonos inteligentes, se supervisa su uso y se limita por la noche, hablan con frecuencia sobre los peligros e incluso madre e hijos son "amigos" y se siguen en redes. Su política, explica, consiste en que sus hijos sean "cibernéticos" y "ciberseguros", pero también "ciberéticos".





















lunes, 2 de septiembre de 2019

La e-Disciplina familiar: las normas en el uso de las pantallas

Los padres han convertido los media en un “chupete electrónico”,
 con graves consecuencias a largo plazo

family screens

Educar a los niños menores de 6 años en esta casi tercera década del siglo XXI es educarlos, en gran medida, en el uso y gestión de las pantallas. El objetivo es educarlos en un consumo cuyo centro es el consumo digital entendido en sentido extenso: televisión, DVD, consolas, tabletas, smartphones, el mismo cine.
Y se trata, en esa misma medida, de educarlos en construir un tiempo alternativo a las pantallas que entre los niños de 0 a 6 años es educarles en el juego clásico que podría ser sinónimo de una vida auténticamente ligada a la infancia sin adelantos, sin prisas. Un juego infantil que es base del mejor desarrollo y de la salud. La pregunta es la siguiente: quién es el agente responsable: la escuela, la industria, las leyes, la pediatría.
Pero sobre todo el uso de los media por parte de los niños en sus hogares depende en gran medida del estilo parental de los padres. Los padres son responsables y modelo del buen uso de los media para sus hijos cuando se informan, consultan a las maestras, al pediatra, cuando cuidan  sus efectos para el desarrollo (cognitivo, afectivo, comportamental) y en la salud (higiene del sueño, sobrepeso, obesidad).
La realidad es ahora mismo la inacción, la despreocupación sobre el tema, los falsos mitos y la ignorancia. Los padres desconocen las premisas básicas de este buen uso o quizá no quieren saber. Es más, no siguen o ignoran las limitaciones y criterios de la pediatría más avanzada y opinan, sin fundamento, que los media (por ejemplo las tabletas) son muy oportunos instrumentos para el desarrollo cognitivo de los niños sin más consideraciones. Lo cual no es cierto y no deja de ser un falso mito autoexculpatorio.
No solo ignoran los riesgos sino que sobrevaloran las posibilidades, que las hay, dejando a los niño solos, quizá hasta  abandonados metafóricamente hablando, ante las tabletas y los móviles. “Aprenden mucho y se manejan de maravilla con ellos, les sacan mucho partido”, cuando en realidad lo que hacen es enchufarlos sin más haciendo dejación de sus responsabilidades.  Las tabletas educan en circunstancias exigentes y con limitaciones no al tun-tun.
En estos momentos la ocupación mayoritaria de los niños en su actividad diurna (es decir, más allá de las horas de sueño), a parte de la escuela, es el consumo de pantallas. Y en Estados Unidos se constata que en algunos casos pueden estar más tiempo ante las pantallas que en ante la maestra. La vida familiar se ha acelerado en los últimos años. Los padres están más ocupados.
Pues bien, los padres han convertido los media en un “chupete electrónico” que calma al niño más agitado, menos sosegado, más intranquilo. Y además esto es más acusado cuanto menor es el nivel socioeconómico de la  familia. Lo cual agranda la brecha educativa: es decir, las familias que más necesitan que el niño juegue, que lea, que sepa auto-calmarse son las familias de bajos ingresos.
Ahí surge la necesidad de construir una e-Disciplina familiar. Suena mal en la actual sociedad de una parentalidad permisiva y ciertamente narcisista. Pero la existencia de estas normas es una auténtica necesidad. Es decir plantearse familiarmente un conjunto de reglas que obligan a padres e hijos en el consumo de las pantallas y que se pueden hallar en los muy reconocidos criterios de la Academia Americana de Pediatría.
Una e-Disciplina que también debe establecer  unas  consecuencias cuando no se cumplen las normas. Y estas normas son límites y también modos de actuar propositivos como por ejemplo: co-visionar con los hijos más pequeños los contenidos en aras a:
1) explicar qué sucede en las pantallas;
2) aclarar conceptos;
3) generar en los niños habilidades críticas; e
4) incentivar la reflexión ante estos contenidos en función de la edad.
Un ejemplo es reflexionar sobre los contenidos violentos y agresivos y poner sobre el tapete estos temas que pueden ser un canal para una charla posterior con los niños de más edad sobre el bullying. Esta mediación es entonces restrictiva (reducción de horas de consumo) y activa (co-visionado).
Y la mediación también incluye adentrarles en el mundo de los juegos: pero ahí ya estaríamos en otro plano de gran calado pero inabordable ene este artículo. Y esta mediación parental reduce los efectos más negativos de los contenidos violentos gracias a los comentarios constructivos.  Esta presencia parental, con preguntas y aclaraciones, es un auténtico andamiaje para los conocimientos del mundo que están construyendo los niños a estas edades. 
Sin embargo la investigación destaca que los padres no hablan ente las pantallas y desatienden la oportunidad de guiar la comprensión de los contenidos. Y aquí aparece el ejemplo de los padres, los padres como modelos. Este puede ser oportuno y coherente con las normas, con la e-Disciplina fijada familiarmente. O puede ser todo lo contrario: inoportuno y de un excesivo consumo por parte de los padres de las pantallas lo cual conduce a un mal modelo que relaja todas las dinámicas familiares en este tema.
Y estos padres son aquellos que, por ejemplo, permiten una televisión en la habitación de los pequeños. Y estos padres centrados en los media suelen ser de perfil socio-económico bajo y de nuevo son padres sin recursos educativos y que cuentan con menos habilidades para amortiguar los efectos negativos de los media en el plano de la salud física (sobrepeso y obesidad por ejemplo) y en el plano del desarrollo cognitivo-afectivo mental (aislamiento, retraimiento, ansiedad). Las normas de la e-Disciplina son vitales y han de partir de lo que aconseja la Academia Americana de Pediatría en sus guías:
● Para niños menores de 18 meses: evite el uso de los media digitales y la televisión. Una excepción es utilizar  aplicaciones de pantallas como los video-chat para comunicarse con parientes que están lejos. Los padres de niños de 18 a 24 meses de edad que deseen introducir medios digitales deben elegir programas de alta calidad y mirarlos con sus hijos para ayudarlos a comprender lo que están viendo: co-visionado.
● Para niños de 2 a 5 años reduzca el uso de pantallas a 1 hora por día con  programas de alta calidad (muy lentos en el hablar, en el ritmo y en la sucesión de imágenes). Los padres deben compartir los medios con los niños para ayudarlos a comprender lo que están viendo y aplicarlo al mundo que los rodea: co-visionado.
● Para los niños de 6 años en adelante, fije límites coherentes en el tiempo dedicado a usar los media y los tipos de media, y asegúrese de que los media no desplacen el sueño adecuado, la actividad física y otros comportamientos esenciales para la salud como el juego libre. Se trata de tener en presente  lo que se denomina la hipótesis del desplazamiento.
● Designe tiempos libres de media digitales y televisión.Momentos en que no hay ninguna pantalla encendida: como el desayuno, la comida, cena o los viajes en coche. También lugares libres de pantallas: donde nunca hay ninguna pantalla como por ejemplo  las habitaciones sobre todo las de los hijos.
● Tener entre los padres y los hijos una comunicación continua sobre la ciudadanía cívica y la seguridad en línea, que incluya tratar a los demás con respeto, no suplantar una identidad, no agredir verbalmente, etc.: tanto online y offline.
Ignasi de Bofarull, Aleteia