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domingo, 25 de junio de 2023

¿Misa en el metaverso? ¿Sacramentos virtuales?

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La comida es material e insustituible y nadie se come un pan por mucho que lo "vea". Algo parecido pasa con la liturgia....

Metaverso es una palabra compuesta por el prefijo «meta», que en griego significa «más allá», y el sufijo «verso» que hace referencia a «universo». De manera que aquí estamos hablando de un universo que está más allá del que conocemos.

El metaverso es un espacio o universo virtual -artificial en definitiva- con el objetivo de replicar experiencias del mundo real (como estar en un salón de clases) o permitir que los usuarios puedan interactuar en mundos de fantasía.

Con el metaverso, internet ofrece una experiencia inmersiva en la que nos movemos por medio de un ícono o avatar digital que nos representa para relacionarnos con otras personas (u otros avatares digitales) teniendo la posibilidad de influir en ese «mundo» paralelo siendo capaces de tocar y mover objetos irreales, réplicas cibernéticas del mundo real.

El metaverso, gracias a dispositivos como las gafas especiales o visores que permiten ver una realidad aumentada (donde se sobreponen imágenes y texto en el mundo real) o una realidad virtual (donde hay una experiencia inmersiva en un mundo simulado), ofrece cambios en la forma en la que consumimos y creamos contenidos, y en cómo nos relacionamos socialmente.

De esta manera el metaverso es un «lugar» de trabajo, de diversión, de estudio, de compras, etc.

¿Pero es también un «lugar» para vivir la liturgia? ¿Se puede recibir un sacramento de forma virtual en el metaverso?

¿Liturgia virtual?

¿Es válida una misa u otra acción litúrgica en el «mundo» del metaverso? ¿Se puede encontrar y/o adorar a Dios en el metaverso?

No, porque hay que relacionarnos con Dios y adorarlo en el Espíritu y en la Verdad (Jn 4, 23-24).

Jesucristo es el único que nos lleva al único Dios (Jn 14, 6; 1 Tm 2, 5), vivo y verdadero. En consecuencia, la relación con Dios y su debida adoración no ha de ser aparente, ficticia, supuesta, imaginaria, errónea en definitiva.

Dicha relación con Dios pasa por la relación con Jesucristo, pan vivo bajado del cielo (Jn 6, 51), no con una idea de Él o una versión imaginaria de Él o con un dibujo de Él aunque sea animado.

La verdadera relación con Dios es objetiva, efectiva y real. No es cuestión solo de sentimientos, gustos o emociones.

Liturgia real

Ahora bien, adorar a Dios en Espíritu y en Verdad incluye -pues son imprescindibles- las acciones litúrgicas.

La liturgia es el «lugar» privilegiado, esencial y concreto para entrar en contacto real con Dios, para adorarlo y tenerlo en la vida.

Además, Dios no es un avatar ni somos avatares para Él; los hermanos en la fe no son avatares (personas irreales).

La gracia de Dios no se recibe por internet; y la acción litúrgica no es abstracta ni imaginaria.

El metaverso es como una second life, una vida paralela, una vida abstracta y allí no está Dios. Dios nos salva en esta vida, no en realidades creadas por el hombre.

Ahora bien, la Iglesia (conjunto de bautizados de carne y hueso) es el cuerpo místico de Cristo (1 Cor 12, 27; Col 1, 18; 1, 24) y en el metaverso, como no hay personas reales, la Iglesia no existe.

Por otra parte, ¿cuál es la necesidad litúrgico-pastoral de celebrar una «misa» en el metaverso? Ninguna.

¿Una supuesta acción litúrgica en el metaverso servirá para atraer a las nuevas generaciones a Dios? Quien no busca o encuentra a Dios en la vida real, es difícil que lo haga en el metaverso.

¿En el ámbito de la liturgia, qué hace pensar que la vivencia de una ‘misa’ por el metaverso sea mejor que en la vida real?

La Iglesia se puede servir del metaverso, como un nuevo areópago, para tantas cosas, pero no para lo que atañe a la vida de oración y la vida sacramental tanto personal como comunitaria.

¿Por qué?

Porque la liturgia no admite lo ficticio, lo volátil, lo artificial; exige siempre la verdad en lo que se hace y en lo que se dice.

La liturgia ha de tener en cuenta, pues son imprescindibles, los signos; signos que han de entrar en contacto con los cinco sentidos; con la totalidad de nuestro ser.

Por tanto la liturgia parte de lo real y concreto.

Dentro de los signos tenemos las personas, la palabra de Dios y las palabras de la asamblea, las acciones (las actitudes, los gestos y movimientos), los lugares concretos y los elementos igualmente concretos (los objetos, las vestiduras, sonidos).

Y estos signos han de gozar de autenticidad (lo que es natural, verdadero y genuino) para instruir a los fieles y para que el lugar sagrado mantenga su dignidad (Instrucción general del misal Romano, 292).

Nótese que aquí se habla de un lugar sagrado, un lugar físico, no cualquier lugar.

Una participación plena en la celebración

A partir de estos signos concretos se pide y se espera, en la oración pública, tanto comunitaria como privada, una participación igualmente activa concreta, tangible, real.

La naturaleza de la liturgia exige, por parte de los fieles, una participación a la que tienen derecho y obligación.

¿Y cómo ha de ser la participación? La participación ha de ser plena, consciente y activa (Sacrosanctum Concilium, 14).

Los fieles deben participar, entre ellos y con el ministro celebrante, de manera activa y fructífera en las acciones litúrgicas.

No es cuestión, pues, de ser observadores pasivos o curiosos de las normas relativas de una celebración válida y lícita (SC 11).

Esto implica tener en cuenta los espacios físicos donde se celebran todas las acciones litúrgicas.

«La experiencia comunitaria no cae del cielo, ni es creación espontánea, ni es resultado automático de mediaciones tecnológicas.

Toda comunidad humana está constituida por relaciones entre personas, que tienen historias, perspectivas, expectativas, sufrimientos; en definitiva, un rostro».

Mensaje del Papa Francisco para la 56ª Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales, 2022

Presencia real

No existe, pues, en el metaverso una presencia real de las personas; por tanto no existen relaciones auténticamente humanas ni litúrgicas.

Así como la comida es material e insustituible (nadie se come un pan que «vea» con unas gafas) y se come con otras personas, así también la vivencia de la misa y la interacción con otras personas en el templo nunca podrán ser sustituidas por el metaverso o mundo digital.

Litúrgicamente hablando, por tanto, no existe en el metaverso la misma realidad de una misa presencial.

No existe el gesto muy humano de reunirse en el mismo lugar físico, como en la última cena, para comer del mismo pan y beber del mismo cáliz. Esta acción, simple y concreta, es lo que le da forma a la Iglesia.

Sabemos que Dios se hizo carne, que tuvo un cuerpo humano y Él quiere hacer presencia sacramental en cada persona real.

La misa no se centra simplemente en unas oraciones, cantos y proclamación de la palabra de Dios sino en comer el cuerpo de Cristo y beber su sangre durante la comunión.

Esto, por obvias razones, no es viable en el metaverso.

Encuentro insustituible

El papa Francisco, en su carta apostólica Desiderio desideravi, quiere explícitamente que la belleza de la celebración cristiana no sea desfigurada «por una comprensión superficial y reduccionista de su valor o, peor aún, por una instrumentalización al servicio de cualquier visión ideológica, cualquiera que sea» (DD, 16).

Además, «no es auténtica una celebración que no evangeliza, como no es auténtico un anuncio que no conduce al encuentro con el Resucitado en la celebración: y ambos, sin el testimonio de la caridad, son como un latón que resuena o címbalo que retiñe» (DD, 37).

Es por tanto compresible que el metaverso nunca podrá sustituir una experiencia real.

Lo virtual nunca podrá superar la experiencia o la vivencia de quienes reciben los sacramentos.

Los sacramentos tienen en cuenta los signos antes mencionados, para favorecer un encuentro personal con Dios a través de su Iglesia.

Lo virtual no solamente es litúrgicamente irreal sino también, en consecuencia, ineficaz porque hay ausencia física de lo constitutivo de los sacramentos: materia, forma, ministro.

Lo virtual (el metaverso) además se presta a abusos; corriendo, por ejemplo, el riesgo de que en el sacramento de la confesión el sigilo sacramental sea violado.

De manera pues que no se pueden celebrar los sacramentos a larga distancia. Para la validez de los sacramentos se requiere la presencia física del ministro y de los que reciben los sacramentos. Así lo pide la Iglesia.

«La realidad virtual no sustituye la presencia real de Cristo en la Eucaristía, ni la realidad sacramental de los otros sacramentos, ni tampoco el culto compartido en una comunidad humana de carne y hueso. No existen los sacramentos en Internet; e incluso las experiencias religiosas posibles ahí por la gracia de Dios son insuficientes si están separadas de la interacción del mundo real con otras personas de fe» (Iglesia e Internet, 9).

El metaverso no es el vehículo ideal para el encuentro con Dios en los sacramentos, encuentro que siempre tiene que ser personal y comunitario.

Además en ningún momento Internet puede suplir la cercanía pastoral y humana de un encuentro personal y fraterno.

La misa trasmitida en vivo por los medios de comunicación (radio, televisión e internet), y teniendo en cuenta ciertas condiciones, es de manera excepcional, una gran ayuda para los fieles que están total y objetivamente impedidos de ir a la misa presencial (enfermos postrados en cama, ancianos, personas con movilidad reducida, etc.); y lo es porque la misa, aunque sea a distancia, es real; en el metaverso todo es surreal.

Con un uso excesivo de la tecnología se puede ganar en lo accesorio y perder en lo fundamental, esencial, trascendental.

Las redes sociales, los juegos y el tiempo pasado frente a la pantalla, por lo adictivos que son, ya afectan negativamente el desarrollo infantil y juvenil.

Pero preocupa más que la gente prefiera la realidad virtual y descuide sus deberes y relaciones en el mundo real.

Los psicólogos y psiquiatras han llegado al consenso de que existe una correlación entre el uso de todo tipo de dispositivos conectados a internet y el aumento de la depresión, la ansiedad y el aislamiento.

Tanto avance ayuda a vivir una vida más fácil, útil, cómoda y rápida, pero el ser humano puede desconocer lo que a la larga pierde.

Estar en el ciberespacio nos conecta a un mundo creado por el hombre, pero al mismo tiempo puede desconectarnos de Dios y de lo creado por Él; de lo íntimo, de lo cercano, de lo netamente humano.


Henry Vargas Holguín, Aleteia

Vea también      Riesgos de las redes sociales
























Cuando cae una Hostia al suelo, ¿qué hacer?

SURPRISE

El escritor Claudio de Castro explica cómo quedó paralizado cuando sucedió en la Comunión y lo que la Iglesia indica para esos casos

Amenudo nos escriben nuestros lectores con todo tipo de preguntas e inquietudes. Una reciente es esta: «Cuando cae una Hostia, ¿qué hay que hacer?».

Por lo general el sacerdote se inclina, la toma con devoción y la consume. Luego sigue distribuyendo la Sagrada Comunión. Seguro en alguna ocasión lo has observado.

La primera vez que vi caer una Hostia desde el copón que sostenía el sacerdote (parece que estaba muy lleno) quedé paralizado.

Me parecía algo imposible de ocurrir. No supe qué hacer ni cómo reaccionar.

Mientras escribía este artículo descubrí una palabra nueva y me gustaría comentarla: «pixide«, ¿sabes lo que significa? Me llamó la atención. Hay tantas palabras curiosas en nuestra Iglesia.

La segunda vez que vi caer una Hostia fue de la mano de una persona mientras el sacerdote la colocaba.

Me impactó tanto que Jesús cayera al suelo, que hice algo inesperado, le escribí al arzobispo de mi país. ¡Vaya atrevimiento de mi parte!

Una petición para evitar que la hostia caiga al suelo

Le contaba lo que vi y cuánto me impresionó. Le sugerí que para evitarlo en el futuro podrían usar patenas durante la comunión en todas las misas.

PATENE

Era lo usual cuando yo era pequeño y comulgábamos de rodillas en un reclinatorio. Siempre había un monaguillo al costado del sacerdote sosteniendo una patena.

«Por favor Monseñor, tratemos a Jesús con delicadeza, en el seminario hablen a los seminaristas de esto, y pida a los sacerdotes que usen la patena durante la comunión. Sé que a veces es un poco complicado, pero por Jesús Sacramentado cualquier esfuerzo vale la pena. Nunca podremos pagar tan grande amor».

Fue muy bonito porque meses después un sacerdote amigo me llama a la sacristía. «Oye Claudio, el arzobispo nos leyó tu carta».

La verdad es que ya ni me acordaba, se dio cuenta y me explicó. «Los sacerdotes tenemos reuniones con nuestro obispo. En la última nos habló de ti, del cariño que le tienes a Jesús y nos leyó tu carta. A todos los sacerdotes nos pareció muy buena».

La verdad es que me siento tan feliz cuando veo en misa usar la patena durante la comunión…

Evita que caigan partículas de Hostia consagrada o la hostia completa al suelo. Cuánta delicadeza con Jesús. ¡Él merece estos cuidados y más!

«Recójase con reverencia»

Ahora bien pasemos a la pregunta del lector: «¿Qué hacer en esos casos?»

Es importante que los católicos sepamos lo que indica nuestra Iglesia. Por eso en Aleteia nos esforzamos tanto en escribir sobre estos temas.

Aquí están las instrucciones para el sacerdote.

Según la Instrucción General del Misal Romano (280):

«Si se cae la Hostia o alguna partícula, recójase con reverencia; pero si se derrama algo de la Sangre del Señor, lávese con agua el lugar donde hubiere caído y, después, viértase esta agua en el «sacrarium» colocado en la sacristía«.

Ahora lo sabes, hay que tener mucho cuidado para que no ocurra. Pero no solo es el sacerdote usando una patena durante la comunión

También puedes hacer tu parte como laico y evitar a toda costa que el Santísimo Sacramento caiga al piso.

Si lo recibes en la mano… revisa siempre la palma de tu mano: que no queden partículas de la Hostia Santa. Ten ese pequeño acto de caridad y amor con Jesús.

Una pregunta: «¿Ya visitaste a Jesús en el Sagrario?». No lo dejemos solo.

¿Me permites pedirte un favor? Cuando vayas a verlo dile: «Claudio te manda saludos«. Ya sabes que me encanta sorprenderlo!

¡Dios te bendiga!


Vea también     Homilía de Benedicto XVI


























domingo, 4 de junio de 2023

Los cuatro besos del sacerdote en la Santa Misa

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El cuerpo participa en la liturgia al mismo nivel que el intelecto y la emotividad. Es difícil imaginar que la Eucaristía, en cuyo centro oímos: "esto es mi cuerpo", pudiera ignorar nuestra corporeidad a lo largo de su celebración

La liturgia de la Santa Misa nos involucra a todos. Participar en ella no es sólo asimilar intelectualmente el contenido de las oraciones y lecturas de las Sagradas Escrituras. Los gestos y las posturas que adoptamos también son parte importante e indispensable de la liturgia.

La Introducción General dell Misal Romano (IGMR) en el punto 42 dice:

«Los gestos y posturas corporales, tanto del sacerdote, del diácono y de los ministros, como del pueblo, deben tender a que toda la celebración resplandezca por el noble decoro y por la sencillez, a que se comprenda el significado verdadero y pleno de cada una se sus diversas partes y a que se favorezca la participación de todos».

El cuerpo participa en la liturgia al mismo nivel que el intelecto y la emotividad. Si lo pensamos un poco más, llegaremos a la conclusión de que es lo más lógico. Es difícil imaginar que la Eucaristía, en cuyo centro oímos: «esto es mi cuerpo», pueda ignorar nuestra corporeidad a lo largo de su celebración.

Tres o incluso cuatro besos

De pie, sentado, arrodillado, señales de la cruz, otros gestos, palabras, cantos, iconografía apelando al sentido de la vista, a veces también el olor del incienso. Todo esto se refiere principalmente a nuestro cuerpo con sus sentidos. 

La impresión sensual es seguida por el contenido emocional, intelectual y espiritual.

Entre los muchos signos de los que se teje nuestra liturgia, están también los besos… En la forma actual de la liturgia de la Santa Misa, se prevén tres o incluso cuatro.

El primero es de boda

Primero, el sacerdote que celebra la misa besa el altar . Esto sucede al comienzo de la liturgia, justo después de llegar al altar. De hecho, antes de que comience la misa misma. 

No es sólo un signo de reverencia y respeto, sino también de ternura y cercanía propias de una relación basada en el amor.

Este beso nos dice lo que en realidad vamos a celebrar: el encuentro de personas que se aman, Dios y nosotros. 

El sacerdote que besa el altar en el umbral de la liturgia es también un signo de la Iglesia, la Esposa de Cristo.

Con este gesto ella expresa que ha venido al encuentro del Amado y a ser alimentada por su amor.

Y es como el signo de Cristo besando los labios de su Esposa, aunque ella misma se inclinaría a considerar que su lugar está a lo sumo a sus pies.

El segundo por gratitud

El segundo beso litúrgico lo coloca el sacerdote o diácono sobre el libro del que acaba de leer el Evangelio, inmediatamente después de decir: he aquí la «Palabra de Dios». Besando el libro, dice en voz baja: «Que las palabras del Evangelio quiten nuestros pecados».

Es un beso simbólico. Porque si quisiera besar la Palabra de Dios, el Evangelio, en realidad debería besar los oídos de los reunidos en ese momento…

Entonces besa simbólicamente el libro, expresando gratitud por el hecho de que el Señor nos esté hablando; que su Palabra nos acompañe en cada situación de la vida; que tenga el poder de purificarnos y transformarnos; que «quiso Dios salvar a los creyentes mediante la necedad de la predicación» (1 Corintios 1,21).

Tercero ¡para todos!

El tercer beso puede chocar por razones culturales. Muchas cartas apostólicas terminan con la invitación a que los destinatarios «se saluden con ósculo santo» (cf. Rom 16,16; 1 Cor 16,20; 2 Cor 13,12; 1 Tes 5,26; 1 Pt 5,14). ).

A día de hoy, en muchas partes del mundo, un beso es una forma de mostrar afecto (por ejemplo, en el saludo). 

Es, por supuesto, el momento de expresar el llamado signo de paz. La forma de este signo se adapta a la sensibilidad de la comunidad local.

Sin embargo, nada se interpone en el camino de dar una señal de paz de esta forma con personas cercanas, si estamos parados uno al lado del otro en la misa. 

El abrazo que los sacerdotes que celebran la misa juntos a menudo se dan en este momento es básicamente un sustituto de este beso de paz.

Vale la pena pensar en realizar esta práctica con tus seres queridos. Sobre todo porque en realidad es el único beso que no está «reservado» para el celebrante. También es común darse la mano.

El último, de anhelo

El último beso es de nuevo el beso que da el sacerdote en el altar, después de que el pueblo ha sido despedido. 

Una especie de «despedida» del altar , que nos hace ver la liturgia que acaba de terminar, no como un deber «cumplido», sino como un encuentro que llega a su fin; que se echará de menos y que requiere alguna continuación en el tiempo que sigue a la liturgia.

Como cualquier otro encuentro importante para nosotros, que vivimos también después de su final, esperando el próximo.

Ks. Michał Lubowicki, Aleteia 


Vea también     Sermón sobre la Santa Misa -
Santo Cura de Ars












































miércoles, 29 de junio de 2022

¿Hay que inclinarse o mirar hacia arriba en la elevación en misa?

 

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Hagas lo que hagas, considera realizar alguna acción de reverencia cuando Jesús se haga presente en los elementos consagrados

En una misa católica romana, la consagración del pan y el vino suele estar marcada por la elevación de la hostia y el cáliz, a menudo acompañada por el sonido de la campana.

Además, a menudo hay un breve período de silencio, cuando el sacerdote no dice nada y simplemente levanta la hostia o el cáliz para que todos lo vean. Después de cada elevación, el sacerdote hace una genuflexión.

Si en ese momento una persona está de pie, ¿habría que inclinarse o bien mirar hacia arriba a la elevación en la misa?

Un poco de historia

Después de que la elevación de la hostia y el cáliz se introdujeron en la misa en el siglo XIII, una de las respuestas más comunes de la gente fue inclinar la cabeza en reverencia.

Fue una acción para reconocer la Presencia Real de Jesús en la Eucaristía, reconociendo la llegada del Rey de reyes.

En el siglo XVI, este gesto fue prescrito por varios concilios y se convirtió en una respuesta estándar.

Sin embargo, san Pío X sugirió una respuesta diferente, animando a los fieles a mirar hacia arriba y adorar la hostia eucarística.

San Pío X concedió una indulgencia a cualquiera que dijera: “Señor mío y Dios mío…» con fe, piedad y amor, mirando al Santísimo Sacramento, ya sea durante la elevación en la Misa, o cuando se expone en el altar.

Jesús está ahí

Muchos católicos rezan esta oración en silencio mientras contemplan la hostia elevada y rezan “Jesús mío, misericordia” en la elevación del cáliz.

Podemos inclinar la cabeza cuando el sacerdote hace una genuflexión después de cada elevación.

Ambos gestos se pueden hacer con fe y pueden conducir a un aumento del amor de Dios.

La Instrucción General del Misal Romano indica: “[Los fieles] estarán de rodillas, a no ser por causa de salud, por la estrechez del lugar, por el gran número de asistentes o que otras causas razonables lo impidan, durante la consagración. Pero los que no se arrodillen para la consagración, que hagan inclinación profunda mientras el sacerdote hace la genuflexión después de la consagración” (IGMR 43).

Hagas lo que hagas, considera realizar alguna acción de reverencia cuando Jesús se haga presente en los elementos consagrados.

Philip Kosloski, Aleteia 

Vea también          Palabras de Consagración Eucarística en arameo



























lunes, 15 de abril de 2019

¿Qué significa que el cura se lave las manos en la misa?

Conoce el valor simbólico del rito de la ablución
de los dedos con agua

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En la misa, después de la incensación de los dones colocados sobre el altar, de la incensación de la cruz, del altar y del sacerdote mismo que preside, éste se lava las manos.
Dice la Instrucción General del Misal Romano: “En seguida, el sacerdote se lava las manos a un lado del altar, rito con el cual se expresa el deseo de purificación interior” (IGMR,76).
El anterior numeral dice qué hacer antes de la oración sobre las ofrendas y por qué hacerlo.
Las manos del sacerdote, ungidas el día de la ordenación sacerdotal, se lavan pues el sacerdote debe estar consciente de la gran pureza interior que debe tener para ofrecer el Sacrificio.
Se trata de una ablución (del  término latino ablutio, (lavado). ¿Y qué es una ablución? Una ablución es una purificación ritual con agua (no un acto de higiene) de algunas partes del cuerpo antes de determinadas acciones religiosas.
Y este gesto de lavar las manos por parte del sacerdote (junto a una oración que está prescrita realizada en silencio) no es opcional, a diferencia de otros ritos que sí lo pueden ser.
Que es obligatorio lo vemos en la redacción de los textos, pues una cosa es decir: “El sacerdote… (hará esto o lo otro)”, y otra cosa es decir: “El sacerdote puede…. (hacer esto o lo otro)”.
El documento titulado El sacerdote en el Ofertorio de la Santa Misa, de la oficina para las celebraciones litúrgicas del Papa, dice:
“En la actualidad, el lavabo es una acción puramente simbólica, como se deriva de la fórmula empleada, así como del hecho que, generalmente, se lavan únicamente las puntas de los dedos índice y pulgar. Podemos decir que el rito expresa el deseo de purificación interior. De ahí que algunos plantearon y siguen planteando la supresión de este rito. No compartimos esta idea pues pensamos que tiene un claro valor catequético y además constituye un renovado acto penitencial para el sacerdote que, en ese momento, se sitúa en vista de la acción eucarística y como preparación a la misma. Al mismo tiempo, la fórmula que acompaña el gesto del lavado de las manos ya está presente desde la antigüedad cristiana como uso solemne practicado antes de que el sacerdote se recoja en oración, como se testimonia en Tertuliano y en la Tradición apostólica”.
¿Dónde se lleva a cabo este rito o ablución? En la esquina del altar (no en el centro). Los ministros extraordinarios del altar o acólitos (o en su defecto, los monaguillos) lavan las manos del sacerdote. Si no hubiere ministro,  el mismo sacerdote lo hará por sí mismo.
Hay que distinguir entre la ablución y la purificación tanto de los dedos como de los objetos litúrgicos o vasos sagrados (entre estos el cáliz y la patena, IGMR, 327).
En el caso de los dedos “siempre que algún fragmento de la Hostia se haya adherido a los dedos, sobre todo después de la fracción o de la Comunión de los fieles, el sacerdote debe limpiar los dedos sobre la patena y, o según la necesidad, lavarlos…” (IGMR, 278).